El RFQ aterriza un martes con un reloj de 10 días. Su ingeniero comercial mete el plano en un visor, cruza la pista del BOM contra programas pasados, le pide a producción un chequeo de capacidad, le pide a finanzas las asunciones del modelo de costo, y empieza a armar la respuesta en el formato que el OEM prefiere este trimestre. La mitad del tiempo en el paquete es logística; casi nada es juicio real.
Para el viernes el borrador está en v3 y las mismas preguntas circulan por email: cuál es la asunción correcta de tonelaje, ¿alguna vez cotizamos esta geometría?, qué tooling usamos en el último programa similar. Las respuestas existen — están en PPAPs, cotizaciones pasadas y la cabeza del ingeniero — pero juntarlas es manual cada vez.
Los proveedores rápidos ganan la nominación. El suyo podría ser técnicamente más fuerte, pero si su respuesta aterriza tres días después en un formato peor con un costeo menos defendible, el OEM ya predecidió. El cuello de botella no es la capacidad; es el tiempo de respuesta.